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<channel><title><![CDATA[Estudios del Lenguaje y los Conceptos - Blog]]></title><link><![CDATA[https://www.helmuthsteil.com/blog]]></link><description><![CDATA[Blog]]></description><pubDate>Wed, 17 Dec 2025 18:11:44 -0300</pubDate><generator>Weebly</generator><item><title><![CDATA[Arquetipos, prototipos y estereotipos]]></title><link><![CDATA[https://www.helmuthsteil.com/blog/arquetipos-prototipos-y-estereotipos]]></link><comments><![CDATA[https://www.helmuthsteil.com/blog/arquetipos-prototipos-y-estereotipos#comments]]></comments><pubDate>Sat, 28 Oct 2017 16:27:10 GMT</pubDate><category><![CDATA[Arquetipos]]></category><category><![CDATA[Estereotipos]]></category><category><![CDATA[Prototipos]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.helmuthsteil.com/blog/arquetipos-prototipos-y-estereotipos</guid><description><![CDATA[        Hace algunos d&iacute;as una estudiante me pregunt&oacute; por los conceptos de arquetipo, prototipo y estereotipo. No me fue f&aacute;cil dar una respuesta, y la que improvis&eacute; me dej&oacute; insatisfecho. Carecer de acceso a virtuales sentidos siempre reduce nuestras posibilidades comunicativas, aunque, claro, siempre es posible que la sobrerracionalizaci&oacute;n entorpezca&nbsp; el discurso.&nbsp;Pero tal es s&oacute;lo una hip&oacute;tesis. Por ahora me atendr&eacute; a la ide [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:30px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://www.helmuthsteil.com/uploads/9/4/2/6/9426549/escarabajo-en-barrio-yungay_1_orig.jpg" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <span class='imgPusher' style='float:right;height:651px'></span><span style='display: table;width:auto;position:relative;float:right;max-width:100%;;clear:right;margin-top:20px;*margin-top:40px'><a><img src="https://www.helmuthsteil.com/uploads/9/4/2/6/9426549/published/zeus-en-el-ashmolean_1.jpeg?1509212172" style="margin-top: 0px; margin-bottom: 0px; margin-left: 20px; margin-right: 10px; border-width:1px;padding:3px; max-width:100%" alt="Picture" class="galleryImageBorder wsite-image" /></a><span style="display: table-caption; caption-side: bottom; font-size: 90%; margin-top: -0px; margin-bottom: 0px; text-align: center;" class="wsite-caption"></span></span> <div class="paragraph" style="display:block;"><span>Hace algunos d&iacute;as una estudiante me pregunt&oacute; por los conceptos de <em>arquetipo, prototipo y estereotipo</em>. No me fue f&aacute;cil dar una respuesta, y la que improvis&eacute; me dej&oacute; insatisfecho. Carecer de acceso a virtuales sentidos siempre reduce nuestras posibilidades comunicativas, aunque, claro, siempre es posible que la sobrerracionalizaci&oacute;n entorpezca<span>&nbsp; </span>el discurso.</span><br /><span>&nbsp;</span><br /><span>Pero tal es s&oacute;lo una hip&oacute;tesis. Por ahora me atendr&eacute; a la idea de que es mejor saber que no<span>&nbsp; </span>saber.</span><br /><br /><span>Las tres palabras &ndash;arquetipo, prototipo y estereotipo&ndash; son compuestas, es decir, tienen m&aacute;s de una ra&iacute;z, y, al menos aparentemente, comparten una de ellas: <em>tipo</em>. Se manifiestan, adem&aacute;s, como semicultismos: todas se fundan en el griego antiguo, origen que les permite funcionar en diversos idiomas. Sin embargo, cada una de ellas relata una diferente historia acerca de su llegada a las lenguas modernas.</span><br /><br /><strong><span><font size="4">Arquetipos</font></span></strong><br /><br /><span><em>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; </em></span><span><em>Al principio era el caos; despu&eacute;s vino la inteligencia, que puso todo en orden. </em></span><br /><span>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&nbsp;</span><span>Anax&aacute;goras de Clazomene</span><br /><br /><span>Por lo que sabemos, la palabra <em>arquetipo</em> lleg&oacute; a nosotros desde el franc&eacute;s (arch&eacute;type), despu&eacute;s de haber pasado por el lat&iacute;n (archety&#774;pum), lengua hasta la que accedi&oacute; desde el griego. All&iacute; exist&iacute;a como una estructura formada por las ra&iacute;ces </span><span>&#7936;</span><span>&rho;&chi;&#941; (arj&eacute;) y &tau;&upsilon;&pi;&omicron;&nu; (typon), que significaba algo as&iacute; como <em>forma originaria</em>, o <em>primer modelo</em>.</span><br /><br /><span>Al menos desde el siglo V a.C. , la idea de arquetipo aparece asociada a la filosof&iacute;a plat&oacute;nica. De acuerdo al maestro de Arist&oacute;teles, las cosas de la realidad f&iacute;sica, aqu&eacute;llas que detectamos y conocemos mediante los sentidos, pueden ser entendidas como reflejos o deformaciones de otras: los <em>arquetipos</em> o <em>ideas perfectas</em>, que no se degradan ni dejan de ser. Son manifestaciones <em>ideadas</em> de las esencias puras de los seres con que interactuamos: la mesa esencial, el deportista perfecto, la frescura plenamente refrescante, el amado o la amada que no pueden sino ser inmediata y perpetuamente amados. Algunos han entendido estas ideas como supramateriales y cuasi divinas, como entes eternos, incorruptibles y no sujetos al cambio, pero me parece m&aacute;s probable que Plat&oacute;n estuviera razonando acerca de las cosas en cuanto <em>pensadas</em>, es decir en cuanto aquello que Arist&oacute;teles denominar&iacute;a m&aacute;s adelante <em>formas</em>. Los arquetipos plat&oacute;nicos ser&iacute;an, as&iacute; vistos, entes del <em>mundo pensado</em>.</span><br /><br /><span>Estas <em>formas ideales </em>son en verdad un concepto muy griego. Tienen sentido en cuanto pivotes de un acto metacognitivo que nos permite reconocer, comprender y evaluar la realidad. Est&aacute;n presentes en la cultura griega desde antes de su manifestaci&oacute;n filos&oacute;fica. Todo el arte griego cl&aacute;sico se orienta hacia las ideas perfectas de las cosas. Las esculturas que representan dioses, por ejemplo, pueden presentar proporciones f&iacute;sicas incompatibles con la fisiolog&iacute;a humana, pero que, paradojalmente, nos permiten construir percepciones de belleza, fortaleza y fuerza plenas, pr&aacute;cticamente ineludibles a nuestros sentidos y, sobre todo, a nuestra sensorialidad <em>pensada</em>.</span><br /><br /><span>Un ejemplo ilustrativo del grado de conciencia con que los griegos asum&iacute;an la perfecci&oacute;n y la idealidad como l&iacute;neas gu&iacute;a para la construcci&oacute;n de la realidad, nos lo ofrece el <em>Parten&oacute;n</em>, el conocido templo que los atenienses erigieron para su diosa protectora. Si consideramos la regularidad perceptual de sus contornos y superficies, as&iacute; como sus proporciones y la simplicidad de su forma, el Parten&oacute;n es una obra que &ndash;dados los est&aacute;ndares constructivos de la &eacute;poca&ndash; debe haber representado un alto grado de perfecci&oacute;n (y modernidad) para quienes la vieron por vez primera, en especial para los extranjeros que hubieran podido conocer obras civiles equivalentes.</span><br /><br /><span>El gran templo de Atenea en la acr&oacute;polis se constituye mediante formas geom&eacute;tricas simples y casi puras, representaciones fieles de nociones volum&eacute;tricas ideales. Se nos muestra b&aacute;sicamente como un gigantesco paralelep&iacute;pedo recto rectangular, cubierto por un poliedro de dos lados triangulares (los frontones), que es sostenido por columnas que nos parecen encajar en cilindros perfectos. Y, sin embargo, dimensionalmente evaluadas, ninguna de esas cosas es exactamente as&iacute;. </span><br /><br /><span>Esa imagen de cuerpo volum&eacute;trico perfecto es una ilusi&oacute;n creada por los arquitectos y los constructores. Ellos se dieron cuenta de que si<span>&nbsp; </span>constru&iacute;an el edificio con proporciones geom&eacute;tricas <em>materiales </em>exactas, el ojo humano lo percibir&iacute;a deforme. Y fue as&iacute; que, a fin de mostrar columnas perfectamente cil&iacute;ndricas, &eacute;stas debieron ser, en la realidad material, m&aacute;s anchas en su parte central que en sus extremos, y para que parecieran paralelas hubo que situarlas ligeramente inclinadas hacia dentro. Por su parte, el estil&oacute;bato, es decir, la base en que se asientan los pilares, debi&oacute; ser ligeramente convexo, a fin de<span>&nbsp; </span>asegurar la ilusi&oacute;n de que el edificio es un paralelep&iacute;pedo materialmente recto por todos sus lados, y rectangular en cada uno de sus &aacute;ngulos.</span><br /><br /><span>Una suposici&oacute;n interesante a la que nos lleva el caso del Parten&oacute;n, es la de la relevancia de los procesos t&eacute;cnicos y sociales para el entendimiento consciente de la constituci&oacute;n y las<span>&nbsp; </span>caracter&iacute;sticas de la cosas. En efecto, el aprendizaje sobre la deformaci&oacute;n perceptual de los grandes objetos, debe haber resultado de la experiencia de muchos constructores previos de templos y obras civiles. Ictinos y Cal&iacute;crates, los arquitectos del Parten&oacute;n, seguramente estaban en posesi&oacute;n de ese saber, y, por lo mismo, fueron adaptando las dimensiones del edificio y sus partes en la medida en que lo iban construyendo (lo que parece, a su vez, un indicio m&aacute;s de c&oacute;mo el conocimiento te&oacute;rico se deriva de la actividad pr&aacute;ctica).</span><br /><br /><span>Los griegos de entonces, que adem&aacute;s inventaron y vivieron la primera gran democracia (otra idea lentamente desarrollada desde la actividad t&eacute;cnica), parecen haber estado muy conscientes de que la realidad no existe por s&iacute; sola, sino que m&aacute;s bien surge de nuestras conciencias interrelacionadas. Pero no arbitraria ni voluntaristamente: crece y se construye desde aquellas coordenadas que mucho m&aacute;s adelante ser&iacute;an llamadas <em>hechos del esp&iacute;ritu</em>.</span><br /><br /><span><strong><font size="4">Prototipos</font></strong></span><br /><br /><span>Esta vieja palabra de griegos y romanos reaparece en Europa a fines del Renacimiento. Ya en 1596 est&aacute; documentada en ingles, como pr&eacute;stamo de la forma griega &pi;&rho;&omega;&tau;&#972;&tau;&upsilon;&pi;&omicron;&nu; (<em>pr&#333;t&oacute;typon</em>), que hab&iacute;a tenido tambi&eacute;n una versi&oacute;n en el el lat&iacute;n tard&iacute;o:<span>&nbsp; </span><em>pr&#333;totypus</em>. Tanto el concepto como su expresi&oacute;n se asimilaron a las lenguas europeas modernas (franc&eacute;s <em>prototype</em>, ingl&eacute;s <em>prototype</em>, castellano <em>prototipo</em>, alem&aacute;n <em>prototyp</em>).</span><br /><br /><span>Curiosamente su estructura sem&aacute;ntica se nos muestra sin&oacute;nima de la de <em>arquetipo</em>, pues la ra&iacute;z griega &pi;&rho;&omega;&tau;&#972; (prot&oacute;-) significa &ldquo;primero&rdquo; o &ldquo;inicial&rdquo;. Sin embargo, el valor de este &ldquo;primero&rdquo; parece m&aacute;s material que el de </span><span>&#7936;&rho;&chi;&#941; (arj&eacute;). No se refiere a una anterioridad &oacute;ntica fundamental, sino a una precedencia material.</span><br /><br /><span>Ello vuelve comprensible el hecho de que el concepto de <em>prototipo</em> se aplique sobre todo en la manufactura de objetos, tanto en los contextos artesanal y tecnol&oacute;gico cuanto en el nivel de la producci&oacute;n industrial. As&iacute;, por ejemplo, todo autom&oacute;vil, avi&oacute;n o dispositivo electr&oacute;nico que se fabrique en forma masiva cuenta con al menos un prototipo inicial: un primer modelo que nace de los planos de uno o m&aacute;s creadores. A este <em>objeto-modelo</em> se lo somete a sucesivas pruebas, y sobre &eacute;l se trabaja en las adaptaciones que puedan mejorarlo. Un caso muy interesante es el del <em>Escarabajo</em>, el peculiar autom&oacute;vil con el que la<span>&nbsp; </span>empresa automotriz Volkswagen conquist&oacute; el mercado automotriz. </span><br /><br /><span>Luego de que en 1932 los nazis triunfaran en las elecciones generales y tomaran el poder total, Hitler decidi&oacute; ejecutar un ambicioso plan de obras p&uacute;blicas, que incluy&oacute; la construcci&oacute;n de un sistema de autopistas que permitiera conectar eficientemente las<span>&nbsp; </span>muchas ciudades alemanas. Pero hab&iacute;a un problema: muy pocos alemanes ten&iacute;an autom&oacute;vil. Hitler le pidi&oacute; entonces a Ferdinand Porsche que desarrollara veh&iacute;culos automotores para el pueblo (de all&iacute; el nombre <em>Volkswagen</em>, de <em>Volk</em>, pueblo y <em>Wagen</em>, coche), que fueran para los alemanes algo semejante a lo que el <em>modelo T </em>hab&iacute;a sido para los estadounidenses.</span><br /><br /><span>El ingeniero alem&aacute;n asumi&oacute; entonces el desarrollo de un nuevo tipo de coche. En su dise&ntilde;o, rompi&oacute; con la tendencia general de poner los motores en la parte delantera, as&iacute; como con la tradicional refrigeraci&oacute;n por agua, y opt&oacute; por la tracci&oacute;n trasera y un sistema de ventilaci&oacute;n integrado en el motor. Aprovech&oacute; en su dise&ntilde;o proyectos previos, como el Tatra V570, un prototipo checoslovaco de 1933, en el que se reconocen ya los rasgos de la futura carrocer&iacute;a de los escarabajos. </span><br /><br /><span>Pero m&aacute;s all&aacute; de las caracter&iacute;sticas del modelo inicial, el caso de Volkswagen es muy &uacute;til para entender el valor del concepto de prototipo <em>por lo que ocurri&oacute; despu&eacute;s</em> de que Erik Komenda, el jefe de dise&ntilde;o de Porsche, presentara la primera versi&oacute;n. </span><br /><br /><span>Hasta 1939, a&ntilde;o en que estall&oacute; la guerra, se desarrollaron muchas variaciones del primer prototipo, pero ninguna de ellas pas&oacute; a la<span>&nbsp; </span>etapa de producci&oacute;n masiva. Y una vez que el pa&iacute;s estuvo de lleno en guerra, la idea de un autom&oacute;vil para las familias alemanas fue pospuesta. Los avances tecnol&oacute;gicos ya alcanzados, sin embargo, fueron usados para veh&iacute;culos de guerra. Adem&aacute;s de un modelo anfibio, el ej&eacute;rcito alem&aacute;n us&oacute; exitosamente una versi&oacute;n todoterreno, que fue particularmente &uacute;til en &Aacute;frica, por la ventaja que le daban la suspensi&oacute;n por torsi&oacute;n y el enfriamiento por ventilaci&oacute;n. S&oacute;lo despu&eacute;s de la guerra pudo retomarse la idea del auto para el pueblo, y desde 1946 la producci&oacute;n de escarabajos en Wolfsburg fue uno de los pilares de la recuperaci&oacute;n econ&oacute;mica y social alemana. </span><br /><br /><span>La historia del modelo estrella de la Volkswagen nos muestra el gran valor potencial de los prototipos. Partiendo de una base s&oacute;lida, una misma cosa puede ser adaptada a las m&aacute;s diferentes condiciones de existencia y acci&oacute;n, y logra eventualmente derivar en un objeto exitoso en s&iacute; mismo tanto como por sus consecuencias en otros &aacute;mbitos. El caso del escarabajo muestra adem&aacute;s una suerte de neutralidad de base: desde ser un proyecto nacido en una dictadura totalitaria, se transforma en un producto industrial ic&oacute;nico del car&aacute;cter de la sociedad democr&aacute;tica alemana: un emblema de la igualdad social, la eficacia y el progreso compartido.</span><br /><br /><strong><span><font size="4">Estereotipos y clis&eacute;s</font></span></strong><br /><br /><span>Aunque aparenta tener un origen muy cercano a las palabras <em>arquetipo</em> y <em>prototipo</em>,<span>&nbsp; </span>el vocablo <em>estereotipo</em> parece no haber sido acu&ntilde;ado por los antiguos griegos, ni usado por los viejos romanos.</span><br /><br /><span>En su cercano origen hist&oacute;rico, se nos muestra como un neologismo creado para denominar un subproducto derivado de una actividad no s&oacute;lo t&iacute;pica, sino fundante de la modernidad: <em>la imprenta tipogr&aacute;fica</em>. </span><br /><br /><span>La invenci&oacute;n de Johannes Gutenberg no fue revolucionaria porque permitiera reproducir de modo pr&aacute;cticamente infinito una misma imagen, capacidad que no la diferencia del grabado en piedra o en metal. Su verdadero efecto transformador procede del hecho de que hizo posible la reproducci&oacute;n masiva y sucesiva de un mismo texto, mediante l<em>a composici&oacute;n recursiva </em>mediante tipos m&oacute;viles, es decir, agrupando moldes inversos de letras en grandes planchas o bandejas. Ello permiti&oacute; publicar cualquier texto simplemente recombinando los tipos en el orden necesario. De haberse usado planchas enteras, como en los grabados, el sistema habr&iacute;a sido mucho menos vers&aacute;til y enormemente m&aacute;s costoso. Para cada p&aacute;gina se tendr&iacute;a que haber hecho una plancha, lo que habr&iacute;a requerido de una labor artesanal m&aacute;s compleja y lenta. La democratizaci&oacute;n de la lectura y el desarrollo de los peri&oacute;dicos habr&iacute;an sido casi imposibles, y los libros mismos ser&iacute;an tanto o m&aacute;s caros que los viejos textos medievales escritos e iluminados en pergamino.</span><br /><br /><span>Pero &ndash;paradojalmente&ndash; los tipos m&oacute;viles pueden tambi&eacute;n fijarse en una sola plancha, lo que se volvi&oacute; eventualmente una pr&aacute;ctica com&uacute;n en las imprentas. Esto se hace tomando un molde de la plancha antes formada con tipos m&oacute;viles. Se aplican sobre &eacute;sta capas sucesivas de papel h&uacute;medo, que se golpea suave y reiteradamente hasta que toma la imagen tridimensional de los tipos. Una vez formado el molde, el papel se seca y deviene una matriz de cart&oacute;n piedra, sobre la cual se vierte una fusi&oacute;n de plomo y antimonio.<span>&nbsp; </span>Cuando est&aacute; fr&iacute;o el metal, se retira el molde y el resultado es una plancha s&oacute;lida que puede usarse las veces que se quiera. Eso permite reimprimir una obra si los ejemplares ya se han agotado.</span><br /><br /><span>Esta plancha reutilizable es lo que en el viejo negocio de la impresi&oacute;n se llamaba <em>clis&eacute;</em> o <em>estereotipo</em> (del gr. &sigma;&tau;&epsilon;&rho;&epsilon;&#972;&sigmaf; stere&oacute;s 's&oacute;lido' y &tau;&#973;&pi;&omicron;&sigmaf; t&yacute;pos &lsquo;molde'). Y seguramente desde all&iacute; pas&oacute; &ndash;proceso metaf&oacute;rico mediante&ndash; al espacio de la conceptualizaci&oacute;n de las<span>&nbsp; </span>valoraciones sociales.</span><br /><br /><span>Y es que as&iacute; se llama actualmente a <em>la percepci&oacute;n petrificada e inm&oacute;vil de un tipo social</em>: el <em>estereotipo</em>. Ahora bien, ocurre que estas concepciones fijas acent&uacute;en rasgos que son o devienen (subjetivamente considerados) degradantes o, m&aacute;s ampliamente, negativos. Es el caso del estereotipo del jud&iacute;o avaro y codicioso, como el prestamista <em>Shylock </em>imaginado por Shakespeare para su <em>Mercader de Venecia</em>, o el de las afroamericanas obesas y serviles ideadas por Margaret Mitchell para <em>Lo que el viento se llev&oacute;</em>. </span><br /><br /><span>Tal vez el uso del concepto de estereotipo surgido de la imprenta para denominar estas concepciones negativas, portadoras y creadoras del prejuicio, se deba a que ellas se originan en una primera versi&oacute;n que tiende a estabilizarse entre los miembros de una comunidad. As&iacute;, por ejemplo, en la literatura y otras artes suelen encontrarse retratos simplistas que se vuelven populares. Las madrastras de los cuentos infantiles, o los obesos graciosos, como el <em>Ob&eacute;lix </em>de las <em>Aventuras de Asterix</em> y los gordos cinematogr&aacute;ficos encarnados por Oliver Hardy (&ldquo;El gordo y el flaco&rdquo;) y Lou Costello (&ldquo;Abott y Costello&rdquo;). </span><br /><br /><span>Sin embargo, existen en realidad estereotipos favorecedores tanto como degradantes. Recuerdo que mi madre sol&iacute;a hablar del <em>jovencito de la pel&iacute;cula</em>. Y cuando ella ella usaba esa expresi&oacute;n, mi padre no tardaba en replicar con el ejemplo que ambos cre&iacute;an m&aacute;s acertado. El <em>Gregory Peck</em>, dec&iacute;a, con una sonrisa entre ir&oacute;nica y celosa.</span><br /><br /><span>Y es que lo caracter&iacute;stico de los estereotipos no es que sean negativos, sino que son conjuntos fijos de supuestos rasgos o atributos de un determinado tipo humano, grupo, etnia o rol social (entre otras posibles clasificaciones). Tales constelaciones fijas de rasgos imaginados se arraigan en nuestra percepci&oacute;n y determinan nuestras conductas. Responden a la necesidad individual y colectiva de categorizar las cosas para poder actuar r&aacute;pidamente en relaci&oacute;n a ellas. As&iacute;, por ejemplo, la generalizada presunci&oacute;n de que las mujeres tienen una especie de actitud maternal innata, puede llevar a un grupo social a dejar a los ni&ntilde;os a cargo de mujeres, antes que de hombres. Esto sol&iacute;a ser as&iacute;, lo que &ndash;se argumentaba a veces&ndash; facilitaba una r&aacute;pida y mejor divisi&oacute;n del trabajo: los ni&ntilde;os quedaban a cargo de sus madres, t&iacute;as o hermanas, de modo que los hombres se concentraran en otras tareas. Pero, claro, una simplificaci&oacute;n basada en estereotipos puede tambi&eacute;n tener (y tendr&aacute;) consecuencias en otros &aacute;mbitos. Las mujeres quedaban limitadas en sus posibilidades de acci&oacute;n laboral y desarrollo profesional, y los hombres que mostraban predisposici&oacute;n al cuidado de ni&ntilde;os ca&iacute;an bajo la sospecha de ser poco masculinos.</span><br /><br /><span>A veces encontramos a los estereotipos corporeizados en las cosas mismas. Un caso evidente es el de las mu&ntilde;ecas Barbie, que no s&oacute;lo privilegian los c&aacute;nones de belleza de los pueblos europeos, como los ojos azules, el pelo rubio y la piel blanca, sino que estatuyen formas corporales que, de ser imitadas, pueden causar un importante da&ntilde;o a la salud de ni&ntilde;as y ni&ntilde;os. Las dimensiones relativas de la cintura de una mu&ntilde;eca Barbie, por ejemplo, son materialmente imposibles en un ser humano real, y la obsesi&oacute;n por alcanzar semejantes proporciones entre caderas, cintura y pecho, ha sido a veces la causa de problemas no s&oacute;lo de autoimagen corporal, sino de comportamiento nutricional y desarrollo f&iacute;sico.</span><br /><br /><span>Los estereotipos son dif&iacute;ciles de eliminar, y es discutible que la mejor estrategia para enfrentarlos sea hacerlo. Evidentemente, aqu&eacute;llos que son degradantes deben ser denunciados y destruidos sin m&aacute;s: el de los semitas avaros, por ejemplo, o el de las etnias cognitivamente inferiores. Pero m&aacute;s en general creo que es<span>&nbsp; </span>recomendable estar atentos a la existencia de los estereotipos en nuestras mentes, de modo tal de poder controlar y orientar nuestras percepciones y nuestra conducta de modo cr&iacute;tico, y as&iacute; ir desmontando o deconstruyendo los prejuicios que nos aprisionan y nos llevan a causarle da&ntilde;o a otros (y, muchas veces, a nosotros mismos). </span><br /></div> <hr style="width:100%;clear:both;visibility:hidden;"></hr>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[La alegoría de la caverna]]></title><link><![CDATA[https://www.helmuthsteil.com/blog/la-alegoria-de-la-caverna]]></link><comments><![CDATA[https://www.helmuthsteil.com/blog/la-alegoria-de-la-caverna#comments]]></comments><pubDate>Tue, 20 Jun 2017 00:23:51 GMT</pubDate><category><![CDATA[Conceptos]]></category><category><![CDATA[Conocimiento]]></category><category><![CDATA[Libertad]]></category><category><![CDATA[Realidad]]></category><guid isPermaLink="false">https://www.helmuthsteil.com/blog/la-alegoria-de-la-caverna</guid><description><![CDATA[       Esclavos en una mina - Terracota corintia (Wikimedia Commons / Huesca)   La alegor&iacute;a de la caverna es una historia que Plat&oacute;n incluy&oacute; en uno de sus m&aacute;s importantes di&aacute;logos,&nbsp;La rep&uacute;blica&nbsp;o&nbsp;El estado.&nbsp;Congregados una vez m&aacute;s en torno a la figura de S&oacute;crates, los participantes de esta conversaci&oacute;n razonan sobre la mejor forma de organizar y gobernar la ciudad. Expresan propuestas que fueron y siguen siendo po [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:20px;padding-bottom:0px;margin-left:20px;margin-right:20px;text-align:left"> <a> <img src="https://www.helmuthsteil.com/uploads/9/4/2/6/9426549/editor/1024px-mines-1.jpg?1497918742" alt="Picture" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <h2 class="wsite-content-title" style="text-align:center;"><font size="2">Esclavos en una mina - Terracota corintia (Wikimedia Commons / Huesca)</font></h2>  <span class='imgPusher' style='float:left;height:1266px'></span><span style='display: table;width:auto;position:relative;float:left;max-width:100%;;clear:left;margin-top:20px;*margin-top:40px'><a href='https://www.helmuthsteil.com/uploads/9/4/2/6/9426549/edited/prisio-n-de-so-crates_2.jpeg' rel='lightbox' onclick='if (!lightboxLoaded) return false'><img src="https://www.helmuthsteil.com/uploads/9/4/2/6/9426549/editor/prisio-n-de-so-crates_2.jpeg?1497978876" style="margin-top: 0px; margin-bottom: 10px; margin-left: 10px; margin-right: 20px; border-width:0; max-width:100%" alt="Picture" class="galleryImageBorder wsite-image" /></a><span style="display: table-caption; caption-side: bottom; font-size: 90%; margin-top: -10px; margin-bottom: 10px; text-align: center;" class="wsite-caption"></span></span> <div class="paragraph" style="display:block;"><br /><span>La alegor&iacute;a de la caverna es una historia que Plat&oacute;n incluy&oacute; en uno de sus m&aacute;s importantes di&aacute;logos,&nbsp;</span><em>La rep&uacute;blica</em><span>&nbsp;o&nbsp;</span><em>El estado.</em><span>&nbsp;Congregados una vez m&aacute;s en torno a la figura de S&oacute;crates, los participantes de esta conversaci&oacute;n razonan sobre la mejor forma de organizar y gobernar la ciudad. Expresan propuestas que fueron y siguen siendo pol&eacute;micas, y anticipan ideas que &ndash;con diferente fortuna&ndash; han sido relevantes para la construcci&oacute;n de los sistemas sociales democr&aacute;ticos. Aparecen temas como el&nbsp; de la igualdad de los g&eacute;neros, el gobierno tecnocr&aacute;tico, la gobernanza en relaci&oacute;n a los gremios, y el control ideol&oacute;gico del conocimiento p&uacute;blico. Es una obra compleja y de dif&iacute;cil evaluaci&oacute;n. Suele tom&aacute;rsela como una propuesta expl&iacute;cita de ciudad perfecta, pero tambi&eacute;n puede v&eacute;rsela como una exposici&oacute;n cr&iacute;ptica de posibilidades y problemas por enfrentar ante el desaf&iacute;o democr&aacute;tico.<br /><br />Es tal vez ese valor de presentaci&oacute;n oblicua de las bases que sostienen a una buena sociedad lo que da sentido a la alegor&iacute;a que nos ocupa. De hecho, en ella no se nos habla directamente de la ciudad, sino del conocimiento de lo real como condici&oacute;n para una vida libre.<br /><br />Los acontecimientos en que la historia se sostiene son muy simples, y, aunque hoy en d&iacute;a nos pueden parecer inveros&iacute;miles, en el Mediterr&aacute;neo antiguo no lo eran tanto. Las minas subterr&aacute;neas eran excavadas entonces por esclavos que sufr&iacute;an sus breves vidas entre sombras, piedras y polvo, respirando aires enrarecidos y fr&iacute;a humedad. Posiblemente muchos eran ni&ntilde;os (especialmente &uacute;tiles para la miner&iacute;a premoderna, por su reducido tama&ntilde;o que les permit&iacute;a pasar por t&uacute;neles estrechos y servir as&iacute; como vanguardia).</span><br /><br /><span>Nos habla Plat&oacute;n de un grupo de humanos en tales condiciones. Prisioneros en una caverna, s&oacute;lo al final de cada jornada sus carceleros les permiten descansar y alimentarse en una parte m&aacute;s aireada de la mina, cerca de la entrada. En ese momento ya es de noche, por lo que no entra m&aacute;s luz que la de una fogata que los guardias mantienen afuera.&nbsp;</span><br /><br /><span>Es una ruta transitada por caravanas. Sobre los lomos de mulas y burros los comerciantes llevan su valiosa carga a los mercados de Corinto y Atenas. Pasan lentamente por el camino, justo entre la caverna y la fogata de los carceleros. La movediza luz de las llamas proyecta sus sombras sobre una pared rocosa que los prisioneros ven desde el rinc&oacute;n en que descansan. Esa danza de las sombras es lo &uacute;nico diferente y variable en su jornada diaria, lo &uacute;nico que escapa a la monoton&iacute;a y uniformidad del encierro. Cada silueta es diferente de las otras, y todas parecen revelar una historia. Noche tras noche el desfile de formas y el contraste de luces ofrece a los encadenados un poco de belleza y diversidad, un est&iacute;mulo a su imaginaci&oacute;n y un consuelo en el sometimiento que les niega humanidad.<br /><br />&#8203;Creen que su mundo es la &uacute;nica realidad, toda la realidad. No saben claramente que son prisioneros, carecen de los conceptos que explicar&iacute;an su encierro. Los guardias los mantienen convencidos de que su condici&oacute;n natural es la de seres sumisos destinados al trabajo. La existencia del mundo depende &ndash;les hacen creer&ndash; de su cotidiano esfuerzo. Esa labor constante sostiene la existencia de la realidad. Y claro, el adoctrinamiento puede tranquilizar conciencias y adormecer el dolor. Permite, por un tiempo al menos, seguir adelante hasta en los m&aacute;s horribles, hostiles y opresivos entornos.</span><br /><br /><span>Por alguna raz&oacute;n que Plat&oacute;n no entrega, uno de los ilotas es liberado de sus herrojos y llevado fuera de la caverna. Temeroso y asombrado, ve pasar a los comerciantes sin cabalmente comprender qui&eacute;nes o qu&eacute; tipo de seres son. Lo que pasa ante sus ojos est&aacute; mucho m&aacute;s all&aacute; de cualquier experiencia que haya podido tener en el encierro. Y aun cuando lo han sacado en medio de la oscuridad y tan s&oacute;lo las llamas de la distante fogata alumbran su camino, vive sus percepciones como una abundancia de formas y sonido que no logra aprehender ni distinguir. La diversidad de las cosas se le torna casi insoportable. Y esta sobrexposici&oacute;n no hace sino aumentar con la llegada del d&iacute;a. La luz solar, desconocida hasta entonces para &eacute;l, causa dolor en sus pupilas. Pero lentamente sus ojos logran adaptarse a las luces y colores del mundo exterior. Y aunque no se nos describe lo que ocurre despu&eacute;s, no nos es dif&iacute;cil imaginarlo. Al reci&eacute;n liberado hombre le queda mucho por vivir. Tendr&aacute; que conocer a los humanos del exterior, aprender de su vida en sociedad, estudiar las cosas que pueblan el mundo y ampliar su lenguaje para entenderlas y discutirlas.</span><br /><br /><br /><span>No nos habla Plat&oacute;n de esa etapa. Se limita a mostrarnos el momento en que el cautivo vuelve a los suyos y trata de explicarles lo que vio. No creen su relato e incluso se burlan. Pero &eacute;l insiste en hacerlos tomar conciencia de su estado de sometimiento, de que no tan lejos hay un mundo entero, lleno de objetos y seres estimulantes y hermosos que podr&iacute;an conocer y de los que podr&iacute;an disfrutar. Otras vidas y otras formas, plenas de color y posibilidades de existencia y placer. Mas ellos no quieren salir. Los t&uacute;neles de la mina son su seguridad y sienten que las penumbras les brindan protecci&oacute;n. Y tal vez no s&oacute;lo porque los separan de la complejidad del exterior, sino porque los ocultan tambi&eacute;n de s&iacute; mismos.</span><br /><br /><span>Esta historia &ndash;t&eacute;cnicamente una par&aacute;bola&ndash; ha sido usada para postular que Plat&oacute;n cre&iacute;a en una suerte de &ldquo;cielo de los arquetipos&rdquo; y en la &ldquo;falsedad&rdquo; del mundo f&iacute;sico. La realidad exterior a la caverna &ndash;seg&uacute;n esa interpretaci&oacute;n&ndash; ser&iacute;a la de las ideas perfectas de las cosas, que de alguna forma estar&iacute;an fuera o m&aacute;s all&aacute; del mundo sensible (el interior de la caverna). Los objetos de existencia material ser&iacute;an, como las sombras sobre el muro, tan s&oacute;lo un reflejo imperfecto de los arquetipos. Concebir as&iacute; lo material, como el mero reflejo de entes ideales perfectos, nos permitir&iacute;a &ndash;se argumenta&ndash; explicar la intr&iacute;nseca corruptibilidad de las cosas, as&iacute; como sus transformaciones, su degradaci&oacute;n, y su eventual muerte o desaparici&oacute;n. Todo lo f&iacute;sico ser&iacute;a necesariamente fugaz y fungible.</span><br /><br /><span>Sin embargo, cuando se considera la obra de Plat&oacute;n desde una perspectiva m&aacute;s amplia, que abarque los &aacute;mbitos temporales de su maestro S&oacute;crates y su estudiante Arist&oacute;teles, la hip&oacute;tesis de los arquetipos deja de ser centralmente representativa de su pensamiento y, sobre todo, del producto hist&oacute;rico de su actividad docente. Parece m&aacute;s veros&iacute;mil que Plat&oacute;n apuntara con su alegor&iacute;a a una condici&oacute;n humana fundante, aquella que S&oacute;crates supon&iacute;a caracter&iacute;stica de todos: la ignorancia.&nbsp;</span><br /><br /><span>El ser humano &ndash;forzado al conocimiento por su estructura de conciencia&ndash; es descrito por S&oacute;crates como un ignorante esencial y operacional. Esencial, porque, pese a estar obligados a saber, nunca podemos realmente estar seguros de si lo que creemos conocer efectivamente existe. Operacional, porque esa misma ignorancia explica nuestra constante curiosidad y nos mueve a resolver inc&oacute;gnitas y cuestionar hechos. Y la necesidad de asignar sentido a las cosas impulsa consecuentemente nuestras capacidades de investigaci&oacute;n y creaci&oacute;n de respuestas.</span><br /><br /><span>Enfrentados al conocimiento, somos como un ilota que debe liberarse por s&iacute; mismo, impulsado por el deseo de alcanzar la fuente de las formas proyectadas sobre el muro. Nuestro acceso al saber es intencionado. Llegamos a &eacute;l por una ruta de esfuerzo e incertidumbre, y, en algunos casos, peligro. S&oacute;lo llegamos a entender aquello que intencionalmente buscamos desentra&ntilde;ar, y para lograrlo debemos superar nuestros prejuicios y el sentido com&uacute;n. Nociones que hoy nos parecen evidentes &ndash;como la de que la Tierra es esf&eacute;rica, gira en torno al Sol y rota sobre su propio eje&ndash; no habr&iacute;an sido obtenidas sin ir contra otras que parec&iacute;an derivarse natural e inmediatamente de nuestra experiencia del mundo sensible. La usual y &uacute;til horizontalidad de tantos campos de cultivo nos llev&oacute; a suponer que la tierra es plana, y nuestra diaria experiencia diurna hizo casi imposible no pensar que el Sol se traslada por el cielo.&nbsp; De hecho, los nombres de varios puntos cardinales se derivan de la razonable suposici&oacute;n de que el Sol se mueve sobre una Tierra plana. La palabra&nbsp;<em>oriente</em>&nbsp;significa, en efecto,&nbsp;<em>all&iacute; donde [&eacute;l] nace</em>, en tanto que&nbsp;<em>occidente</em>&nbsp;nombra al&nbsp;<em>lugar donde [&eacute;l] es sacrificado</em>. Sus respectivos sin&oacute;nimos,&nbsp;<em>levante</em>&nbsp;y&nbsp;<em>poniente</em>&nbsp;se explican por si mismos.</span><br /><br /><span>Al igual que para el esclavo que s&oacute;lo ha conocido la oscuridad de las cavernas y el trato manipulador de los guardianes, nuestra relaci&oacute;n con la realidad puede volverse contradictoria y confusa. Nos sentimos atra&iacute;dos por ella, pero tambi&eacute;n desafiados en nuestra aparente seguridad dentro de un espacio al que estamos habituados. Conocer y, m&aacute;s aun, <em>estar dispuestos a conocer</em>, importa necesariamente un riesgo y traer&aacute; con seguridad cambios que no podemos prever y que tal vez no nos gusten. Lo que alcancemos al final del camino ser&aacute; algo nuevo que necesariamente sustituir&aacute;, al menos parcialmente, nuestras viejas creencias acerca de lo real.</span><br /><br /><span>Aunque, claro, no siempre estamos enfrentados a desaf&iacute;os cognitivos dif&iacute;ciles y complejos. Usualmente nuestros actos de conocimiento suponen un costo identitario e ideol&oacute;gico muy bajo, pero incluso entonces, acceder exitosamente a una nueva noci&oacute;n o concepto modifica nuestra posici&oacute;n relativa frente a las cosas e incide en la forma en que vivimos la realidad. Nuestras creencias siempre se ven forzadas a cambiar.</span><br /><br /><span>Es lo que puede ocurrir a quienes toman conciencia del modo en que se contagian algunas enfermedades.&nbsp;</span><br /><br /><span>Antiguamente los juramentos y hermandades de sangre eran muy comunes. En su versi&oacute;n dura, los juramentados se cortaban la palmas de la mano para luego estrecharlas firmemente. M&aacute;s com&uacute;n era, por cierto, un pinchazo en los pulgares, los que a continuaci&oacute;n se juntaban con solemnidad. Este contacto &iacute;ntimo &ndash;cre&iacute;an&ndash; los hermanaba para siempre. Claro, la sangre del uno no pasaba realmente al torrente circulatorio del otro. Sin embargo, s&iacute; pod&iacute;an hacerlo algunos microorganismos. Por lo mismo, cuando apareci&oacute; el sida, y se supo que el virus causante se contagiaba por contacto entre fluidos corporales, el riesgo de infecci&oacute;n mediante estos rituales se hizo evidente y r&aacute;pidamente perdieron su prestigio, su aura de compa&ntilde;erismo en la aventura.</span><br /><br /><span>Frente a casos como aqu&eacute;l, asumir la realidad de las cosas no es dif&iacute;cil. El pensar funciona claramente como un modo de autopreservaci&oacute;n. Pero hay casos en los que renunciar a la ignorancia o cambiar las propias creencias no resulta tan f&aacute;cil. Para muchos cristianos, por ejemplo, la idea de que los seres humanos hayamos evolucionado desde una especie de primate represent&oacute; un desaf&iacute;o cognitivo y emocional pr&aacute;cticamente imposible de afrontar y procesar, particularmente mientras las jerarqu&iacute;as de sus iglesias no incorporaban la teor&iacute;a evolutiva en sus cuerpos dogm&aacute;ticos. Y algo muy parecido sigue ocurriendo hasta hoy respecto del concepto de raza. La idea de que las razas existen no s&oacute;lo en cuanto manifestaci&oacute;n de diferencias f&iacute;sicas externas, sino tambi&eacute;n de capacidades cognitivas y hasta de cualidades morales pareci&oacute; por siglos f&aacute;cil de asumir y defender, casi un hecho evidente por s&iacute; mismo. Y basados en ese prejuicio unos esclavizaron a otros, o justificaron discriminaciones cotidianas (como las del transporte p&uacute;blico diferenciado) e incluso el exterminio de millones, como en la Europa nazi.</span><br /><br /><span>La historia de la caverna en que se nos mantiene esclavizados no es un mero divertimento intelectual que conecte lo general con los particulares, o una hip&oacute;tesis m&iacute;stica de arquetipos hiperreales inalcanzables, que estar&iacute;an se&ntilde;alando nuestra precariedad y har&iacute;an de nuestra existencia un absurdo. Parece m&aacute;s bien la representaci&oacute;n metaf&oacute;rica de aqu&eacute;l que quiz&aacute;s sea el mayor logro de todo ser humano: liberarse de las penumbras y ataduras de una explicaci&oacute;n f&aacute;cil y c&oacute;moda, pero finalmente falsa, de las cosas. Es la imagen de una transformaci&oacute;n liberadora, tanto de lo individual cuanto de lo colectivo.</span><br /><br /><span>Partes importantes del sufrimiento personal y el fracaso pol&iacute;tico proceden, de hecho, de nuestra incapacidad para cuestionar y transformar las propias creencias o las ideolog&iacute;as que alimentan nuestra acci&oacute;n colectiva. Nos aferramos a los conceptos que nos resultan familiares y f&aacute;ciles como a las s&aacute;banas de nuestra cama. Nos protegen y a&iacute;slan del exterior y nos permiten seguir durmiendo en esa soledad vestida de vida que los sue&ntilde;os pueden ser.</span><br /><br /><span>Pero si queremos despertar y salir, tenemos que levantar esos mantos y desprendernos de ellos. Pero, claro, requeriremos otros. Siempre. No nos podemos desprender del uso instrumental de las representaciones que de las cosas nos hacemos, pues s&oacute;lo ellas mediante nos conectamos con el mundo.</span><br /><br /><span>Los conceptos nos visten, pero son adem&aacute;s como espacios que simult&aacute;neamente nos contactan y nos separan del entorno. Al igual que un puente o un t&uacute;nel, nos permiten transitar hacia las cosas preservando una distancia que nos da m&aacute;s opciones de movimiento, e impide que seamos atrapados por el mundo, absorbidos en &eacute;l. Es la autonom&iacute;a del desasimiento, de la ausencia de sujeciones y l&iacute;mites, de la inexistencia de ataduras. Ella nos permite transitar hacia las cosas seleccionando el objeto de nuestra acci&oacute;n, pero tambi&eacute;n nos deja sin un punto claro de apoyo. Escapar de la esclavitud implica necesariamente una mayor cuota de inseguridad respecto del devenir de nuestras vidas. Todo lo que ganamos en libertad, lo perdemos en certeza sobre el presente (y &ndash;solemos creer&ndash; el futuro).</span><br /><br /><span>Hay un sentimiento de p&eacute;rdida y una sensaci&oacute;n de peligro en todo acto libre. La intelecci&oacute;n de la realidad, que es el fundamento de nuestra libertad, nos fuerza a decidir entre un permanecer cubiertos por la oscuridad y el avanzar inseguros hacia espacios m&aacute;s claros y abiertos. Y a veces nuestro temor se magnifica ante la idea de que lo que afuera existe es simplemente la nada, la carencia definitiva.&nbsp;</span><br /><br /><span>Pero, m&aacute;s all&aacute; o m&aacute;s ac&aacute; de las met&aacute;foras, la experiencia de quienes han buscado llegar a lo real nos ofrece evidencias de que han logrado construir espacios mejores. Si bien no siempre han alcanzado a disfrutarlo ellos mismos, han sido capaces de erigir mejores lugares de existencia para sus comunidades. Los actos de conocimiento son las piedras angulares de las sociedades modernas.&nbsp; Y no s&oacute;lo hombres y mujeres famosos como Hobbes, Kant, Darwin, Curie, Zambrano o Pasteur han puesto y asentado esos cimientos, sino todos quienes han actuado bas&aacute;ndose en las diversas formas de raz&oacute;n cr&iacute;tica posibles por la curiosidad y el di&aacute;logo, o, m&aacute;s exactamente, por la curiosidad que mediante el di&aacute;logo deviene productiva.</span><br /></div> <hr style="width:100%;clear:both;visibility:hidden;"></hr>  <div class="paragraph"><br /><br /></div>]]></content:encoded></item></channel></rss>